Inventos españoles (7). La apertura Ruy López
Por Pablo Martín Sánchez
En 1769, el barón Von Kempelen construyó un autómata capaz de enfrentarse a los mejores ajedrecistas del mundo, un pelele apodado El Turco que movía las piezas del tablero de ajedrez con la precisión de un cirujano. Tras la muerte del noble húngaro, el invento y el secreto de su funcionamiento pasaron a manos de Johann Maelzel, músico e ingeniero de la corte de Viena, quien recorrería Europa y Estados Unidos haciendo demostraciones públicas del artilugio. Hasta el mismísimo Napoleón Bonaparte llegaría a sucumbir en tan sólo veinticuatro movimientos. Sin embargo, algunos años después, el escritor Edgar Allan Poe desvelaba el misterioso ardid en un texto titulado El jugador de ajedrez de Maelzel: la caja destinada a albergar la maquinaria escondía en realidad a una persona de carne y hueso, camuflada como si de un vulgar truco de prestidigitación se tratara. Vamos, el truco del turco, en facilón anagrama.
Pero, a pesar de la mixtificación, este fraudulento ancestro del Deep Blueque derrotara a Gari Kaspárov en 1997 no habría podido triunfar si Ruy López de Segura, sacerdote español nacido en Zafra a principios del siglo xvi, no hubiese inventado previamente el ajedrez moderno.
Desde luego, ya Alfonso X el Sabio había escrito tres siglos antes su famoso Libro del axedrez, dados e tablas, pero las reglas del juego eran por entonces bien distintas a las de hoy en día: no existía el enroque y la dama únicamente podía mover una casilla en diagonal, por poner un par de ejemplos significativos. En cambio, el Libro de la invención y arte del juego del axedrez, publicado por fray Ruy López en 1561, constituye uno de los primeros libros sobre teoría ajedrecística moderna. No sólo se desvelan en él los entresijos y secretos de gambitos, fianchettos y demás alardes tácticos, sino que se exponen de manera clarividente las ventajas de una apertura que acabará siendo conocida en el mundo entero con el nombre de «apertura española» (en honor al país de origen de su inventor), llamada también «apertura Ruy López».
No nos detendremos en explicar aquí los principios de dicha apertura: bastará decir que es una de las más conocidas y practicadas tanto por los grandes maestros internacionales como por los meros aficionados, casi cinco siglos después de que el eclesiástico segedano la popularizara. En cambio, aprovecharemos la ocasión para explicar una leyenda que atañe muy de cerca al ingenioso padre del invento, revelada por José Brunet y Bellet en el clásico libro El ajedrez, investigaciones sobre su origen, de 1890. Estando fray Ruy López en la corte de Felipe II, interrumpió el verdugo real una partida entre el monarca y el capellán: a las tres de la tarde debía ser ejecutado el duque de Medina Sidonia, acusado de conspiración, y pedía —aduciendo su calidad de noble— recibir de manos de un obispo los últimos auxilios espirituales. Como no hubiese en palacio prelado de tanta categoría, Felipe II nombró en el acto a Ruy López obispo de Zamora y le ordenó que fuera a cumplir la última voluntad del reo. Pero la mejor forma que encontró para calmar los nervios del duque no fue ayudarle a rezar el padrenuestro, sino retarlo a una partida de ajedrez. Cuando el verdugo acudió a realizar su cometido, el recién estrenado obispo le pidió que les dejara terminar la partida. Y así fue como se retrasó la hora de la ejecución y el duque de Medina Sidonia consiguió salvar el pellejo, pues en el ínterin fue descubierto el verdadero conspirador.
Tal es el poder del ajedrez, que sirve tanto para hacer obispos como para desfacer entuertos.


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